
—¡La pelota, ay compadre!
Tuve la suerte de convivir con Arístides en su casa, dos días. Ese señor tan serio acaba de jubilarse como profesor universitario de marxismo-leninismo, luego de 45 años de ejercicio.
Académico por vocación, me señaló su desinterés por la pelota, como llaman los cubanos a al beisbol.
—No soy el único— se justificó.
—¿No?— lo interpelé.
—Por esta cuadra misma dos o tres más a los que tampoco les interesa.
—Seguro que a esos “dos o tres” no los conocés.
Arístides se delató sin pronunciar palabra. Ahí nomás, delante de mí, se echó a reír todo lo que se le dio las ganas.
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